Riquelme y Zidane… los dos son el mejor después de Diego

Juan Román Riquelme y Zinedine Zidane fueron los finalistas, entre 32 craks de toda la historia del fútbol mundial, en un hallazgo de programa de televisión: El mejor después de Diego, por TyC Sports. El hincha argentino dio su veredicto, y vaya si fue sabio. Riquelme y Zidane, Zidane y Riquelme son, literalmente, los mejores después de Maradona. Veremos porque…

Entre tanto reality barato, tanta estudiantina burda en la que se hace un simulacro de votación y al final los programas son grabados y todo se digita con intencionalidad política (y comercial, lo que a veces, en estos casos, puede ser lo mismo), entre tanto concurso en el que se toma por tonto al espectador, apareció esta joya de TyC Sports, que es juego y homenaje a la vez, con mucho fútbol para disfrutar en tiempos de abstinencia por el receso de los torneos.

En efecto, en los bailandos, los patinandos, los grandes cuñados, la gente cree que vota pero no vota. Pueden ganar los “alica, alicate” o la botinera de turno (Y habría que hacer un nuevo concurso para ver a cuál de los dos se le cae una idea, aunque las chicas al menos recreen la vista), y el conductor puede aparecer dando el resultado por la tele a la vez que viendo a su equipo de vóleibol o viajando por Miami, y los votos, por lo tanto, en una burbuja millonaria de msn que nunca será consultada y solo será explotada por su dueño. Es que el programa se grabó antes de que la gente votara. Esos sí que son fraudes y no los que anunciaron “alica” y la “pitonisa que no dialoga” antes de las elecciones del 28 de junio…

En El Mejor después de Diego, con la conducción de Diego Díaz, Jorge Marinelli y el periodista español Arturo Lezcano, una serie de trece emisiones por TyC Sports, la consigna fue elegir el mejor después de Maradona, juego y homenaje, al mejor jugador del mundo de todos los tiempos, y a 32 glorias del fútbol de ayer y hoy elegidas por la producción del programa como postulantes, no a sucederlo, sino a secundarlo, en el trono de la historia.

Los televidentes participaron a través de su voto para determinar, al gusto de los argentinos, al mejor futbolista de todos los tiempos, sin contar a Maradona. Se enfrentaron en duelos de eliminación directa y quedaron Riquelme y Zidane para la gran final. Ganó Riquelme por 52,05% de los votos contra el 47,05% de Zidane. Además, Riquelme fue el jugador con más cantidad de votos en la suma de las trece emisiones. El programa fue siempre en vivo, con algunos invitados e incluso el testimonio grabado del propio Maradona, quien eligió a Messi.

Pero como la TV es, ante todo, imagen (aunque si se la puede acompañar con un poco de inteligencia, mejor, lo que sí ocurrió en este caso), lo más importante es que el juego sirvió como excusa para un viaje audiovisual exquisito por la historia del fútbol internacional, para ver en acción, claro, las delicias de Román, Zidane, Messi y Pelé, pero también las más inéditas y/o las más desconocidas para los jóvenes de Puskas, Charlton, Di Stéfano, Keagan, Cruyff o Platini.

No hay que perder de vista que esto fue un juego. Apasionante, como el que lo inspira, el fútbol. Pero juego al fin. Ahí aparecen todas las salvedades que hay que hacer. Antes que nada, la arbitrariedad de la elección de los 32 postulantes, aunque en verdad no hay grandes ausencias contemporáneas, aunque, seguramente por escasez de imágenes, falten José Manuel Moreno, Sívori o Pedernera. Tras cartón, fue azaroza la conformación de los duelos, por ejemplo el que increíblemente Messi le ganó a Pelé o en el que Ronaldinho desplazó a Di Stéfano. Y también hay que tener en cuenta, finalmente, que, entre los que votan por sms y por Internet, hay un porcentaje mayor de jóvenes, y,- lo que está relacionado-, son más atractivas y prolíficas las imágenes de Ronaldinho o Zidane que las de Di Stéfano o Puskas. Y el color le gana al blanco y negro.

Así y todo, el resultado del juego salió perfecto. Porque quizá el mejor después de Diego sea, en realidad, Pele, Di Stefano o José Manuel Moreno. Y hasta algunos podrán considerar a cualquiera de este terceto como par o superior a Maradona. Pero los tres estuvieron antes de Diego, no después.

Efectivamente, después de Diego, cronológicamente hablando, en la era post Maradona, el más grande en el mundo fue Zidane, el mejor jugador de dos mundiales, el del 98 y el del 2006, en los que comandó nada menos que al equipo campeón y al subcampeón respectivamente. Y con todo lo que hizo en el medio para Juventus y Real Madrid. Tanto como Juan Román Riquelme fue la aparición más importante del fútbol argentino después de Diego, por la técnica, por la conducción, pero fundamentalmente por la manera de entender y ver el juego. Todavía no hay nadie que entienda el juego como Román, después de Maradona. A la vez que en un tiempo de "sequía" internacional logró títulos del mundo con el seleccionado juvenil y con Boca, fue también campeón olímpico, y fue justamente el conductor del mejor equipo de América de la última década.

Y Lionel Messi, que no es conductor de juego,- como Zidane o Riquelme-, que es indudablemente la cualidad que más aprecia el degustador sabio de fútbol en Argentina, pero que es el más brillante ejecutor de este tiempo del fútbol, tiene otra década por delante para demostrar si puede ser el mejor del después del después de Diego.

Lugar

Julio Grondona, el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, dijo que "hoy por hoy" el clásico Argentina - Brasil, por las eliminatorias para el Mundial de Sudáfrica, del próximo 5 de septiembre, se va a jugar en la cancha de Rosario Central. Después de los pronunciamientos del seleccionador, Diego Maradona, y algunos de los jugadores,-no todos-, y de la inspección de la FIFA, está a punto de oficializarse que el gran choque se disputará en Arroyito.

Se tratará, entonces, de un vuelco histórico. La Selección abandona la cancha de River. El estadio Monumental. El escenario de sus logros mayores en el país. La cancha en la que no pierde desde el 0-5 con Colombia del 93. Justamente el estadio en el que le ganó por última vez como local, y con gran actuación, a Brasil, con una notable actuación de Juan Román Riquelme. RIVER, EL LUGAR EN EL MUNDO DE LA SELECCION. Dónde confirmó, por fin, que era potencia mundial del fútbol, con la consagración del 25 de junio de 1978.

Paradojicamente, cuando Argentina salió de ahí, no le fue tan bien. En la cancha de Boca se quedó afuera del Mundial del 70. En Rosario, sí, logró el pasaporte a la final de la Copa del Mundo, pero allí justamente no le pudo ganar a Brasil. En los últimos tiempos solo salió para jugar en la remozada Bombonera en las eliminatorias para Francia 98, pero cuando ya la Selección de Passarella estaba primera y clasificada. Fue contra Colombia, y Argentina no ganó: 1 a 1. Fue el debut absoluto de Riquelme en la Selección mayor.

No estamos en contra del federalismo, obviamente. Nos gustaría que la Selección recorriera el país y fuera realmente el Equipo de Todos, como aquella de César Luis Menotti que jugaba en todos lados, pero además se nutría de futbolistas del interior. Pero el federalismo se contempla en todos los sentidos. Y gracias a un espacio único para periodismo y protocolo que tiene la cancha de River es que la AFA hace posible ese federalismo con la prensa de todo el país en el Monumental, ya que en los partidos de la Selección transmiten radios de los puntos más remotos y tienen su posición todos los medios del interior que lo requieren, y en cuanto a la prensa escrita, en algunos casos, de acuerdo a la disponibilidad, en posiciones similares o en algunos casos mejores que las de colegas capitalinos.

Eso, equiparable también a la disposición de todos los espacios requeridos por la prensa extranjera, y toda la insfraestructura y comodidades para su trabajo, y los lugares para protocolo e invitados especiales, y toda la logística de un partido de Mundial (porque es eso un encuentro de eliminatorias). En nada de eso se pueden "empardar" las comodidades de la cancha de River.
Pero esos son solo algunos de los motivos por los cuáles es un grave error que la Selección no juegue ante Brasil en el Monumental. No los únicos ni los más importantes.

Desde hace un tiempo hay una prédica en el fútbol argentino por erradicar la violencia de las canchas. Por esa prioridad la AFA hasta ha resignado potestad para programar encuentros: los escenarios y los horarios dependen de lo que aconsejen los organismos de seguridad. Hasta hubo que soportar que los partidos del ascenso se disputen sin público visitante. La mayoría del ambiente del fútbol coincide en que la disposición de la FIFA de que todos los espectadores tienen que estar sentados en todos los estadios es muy buena para desdramatizar y terminar con algunos síntomas de la violencia en la cancha, aunque quizá atente contra el folklore y la idiosincracia del espectador argentino. Pues sin llegar a ese extremo, de todos los espectadores "sentaditos", hace mucho que destacamos que a los partidos de la Selección en la cancha de River va "otro público", asiste la familia, las "barras" no están, o tienen una preponderancia restringida (salvo las entradas que alguno les regaló para el debut del equipo de Maradona), y decimos que "el clima" no es el mismo. A partir de esos comentarios aparecen los que insisten con que la cancha de River es "fría", que hay que ejercer "otra presión" sobre los rivales. De presión a hostigamiento hay solo un paso. Pues entonces, ¿en qué quedamos? ¿Queremos que el fútbol sea un espectáculo para toda la familia o solo para los que "presionan" u hostigan?.

¿Y si le dejamos a los futbolistas la responsabilidad de tratar de ganar los partidos? ¿Y sí pensamos más en la esencia, que es el juego, y menos en lo que lo rodea? Al fin y al cabo, en la cancha "fría", en la que la gente no está tan cerca de los protagonistas, no nos ha ido tan mal, incluso frente a Brasil, y alcanza con ir a los antecedentes apuntados al comienzo de esta nota.

Ojalá lo de Rosario, una gran ciudad futbolera, sea una fiesta, ojalá se multipliquen las presentaciones de la Selección en el interior del país más allá de las eliminatorias, pero la cancha de Argentina, para un partido "de Mundial" (si el campo de juego está bien, como ahora prometieron), es la de River. Y hay que pensar en ser superior a Brasil desde los futbolístico no por otras cuestiones que al final no terminan sirviendo para nada.

Un campeón de todos

Que Carlos Bilardo aparezca en el festejo de Estudiantes campeón de América versión siglo XXI no debe extrañarle a nadie. Es su vestuario, es su club. Es el lugar que se ganó en la historia. Obviamente. Nadie mejor que los hinchas de Estudiantes para entenderlo y celebrarlo. Más allá de connotaciones y diferenciaciones. Y de estilos diferentes a lo largo de esa misma historia. No es lo mismo el múltiple campeón Estudiantes de fines de los 60, en el que jugó Bilardo, con muchas virtudes,-y algunas deformaciones sobre el límite del reglamento, con el propio Bilardo como protagonista-, y el Estudiantes campeón del 82, con Bilardo ya como entrenador que, curiosamente, poco tuvo que ver con estilo, o más bien el estigma, ya que ese equipo se paraba en el medio con un solo volante de marca, que se multiplicaba, pero que también sabía mucho con la pelota como Miguel Angel Russo y practicamente tres "10" de gran capacidad técnica como Marcelo Trobbiani, José Daniel Ponce y el propio Alejandro Sabella, ahora conductor de otro Estudiantes, en el que, curiosamente, quizá confluyen méritos de aquellas otras dos etapas de gloria.

Que Bilardo este ahí, entonces, es de estricta justicia. O al menos nadie puede ni debe cuestionarlo de oportunista. Es su casa y su lugar. Lo que no deberían aprovechar algunos es esa presencia para remarcar otra vez el estigma, o un supuesto antagonismo que no existe. Bilardo es una marca de la historia grande de Estudiantes. Pero en este Estudiantes, vale aclararlo, verdad de Perogrullo, nada tiene que ver Bilardo.

Más bien, desde el punto de vista estilístico, este Estudiantes tiene un sello "passarelliano", el que le imprime su técnico, Alejandro Sabella. No solo por una supuesta transferencia automática. Sino por algo que se comprueba facilmente. La presión sobre el rival, en el medio de la cancha o en tres cuartos, esa que ahogó a los brasileños, tiene su parecido al pressing de los "pac man" de Passarella, Astrada y Zapata.

(A propósito, no debería descartarse a Sabella para el futuro de River, por su identificación con el club de Nuñez, y eventualmente porque podría ser el elegido de su amigo presidente).
Pero, en definitiva, más allá de los estigmas, de las distintas etapas en la historia, de las glorias del pasado que disfrutan las celebraciones del presente, este Estudiantes no resiste los antagonismos que algunos comunicadores quieren instalar antojadizamente, en contraposición a la "ola" de aprobación que recibió el Huracán de Cappa de parte del "futbolero" argentino medio.
No es una cosa o la otra. Sencillamente porque Estudiantes juega muy bien al fútbol. Y porque a Huracán le faltarían todavía un par de años de rodaje, si es que pudiera completar un proceso como el que llevó adelante Estudiantes desde la vuelta de Juan Sebastián Verón.

En este Estudiantes por momentos, cuando se puede, aparece también el "tiki tiki". Este Estudiantes guardan un estilo y una postura clásicas, con cuatro hombres en el fondo, con laterales que se proyectan alternativamente (lo de Cellay en la final con Cruzeiro en Belo Horizonte es prueba suficiente), con mayoría de volantes con aspiraciones ofensivas. Y con la versatilidad de Verón, que no es el conductor clásico (que sí conduce desde la personalidad y la ascendencia, dentro y fuera de la cancha) pero que se multiplica para recuperar balones en el fondo y llegar a meter un pase como el que le hizo a Cellay en la jugada del gol del empate ante Cruzeiro.

A todo eso, sí Estudiantes le agregó lo que se puede denominar como mística copera y que se traslada de generación en generación, y que también trajo de arrastre, por cierto, Rolando Schiavi, ya con cuatro finales de Libertadores en sus espaldas.

No hay antagonismos posibles. Este Estudiantes fue un campeón de todos, celebrado por el fútbol argentino en general (salvo los hinchas de Gimnasia, claro), y que no renegó de ninguna de sus marcas de origen. No es el fútbol que le gusta a la gente o Estudiantes, como quieren hacer creer ahora algunos. Sencillamente porque este Estudiantes le gustó a la mayoría de la gente. Y porque ganó por jugar bien, que es la manera más "sencilla" de ganar.

El campeón que le gustó a la gente

Huracán salió campeón. Del buen gusto y del buen fútbol. No figurará así en las estadísticas. Sí en la historia. No solo por aquello de que si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia... También por hechos concretos que lo demuestran. Alemania salió campeón del mundo en 1974. Pero esa Copa se recordará por siempre como la de la "Naranja Mecánica".

En la Argentina de los "exitosos" y los "langas" que se las saben todas, parecería que no hay lugar para los "campeones morales", término que se utiliza habitualmente en estos casos en forma despectiva. Pulularán ahora los imbéciles que saldrán a vociferar que el segundo o el tercer puesto "no existe" y que "solo sirve salir campeón". De esos está lleno este país, o por lo menos son muchos, y así estamos... Peor ahora que parece que vuelve a primar la "cultura del éxito" por el éxito mismo. Como en los nefastos 90.

No importa. (También a Alfonsín lo defenestraron, y se "mofaron" de él, cuando cayó en desgracia, y cuando ya solo servía el éxito. Más temprano que tarde, la historia lo rescató.)

No importa. Tal como en ese Mundial del 74, sí a este Clausura 2009 se lo recordará por algo es por el "tiki-tiki" de Huracán, mucho más que por el utilitarismo de Vélez. Con el perdón del Vélez campeón, y de sus jugadores, y de su gladiador marplatense Fabián Cubero, y de su técnico Ricardo Gareca, que, con sus capacidades y sus argumentos, llegaron a la final con méritos legítimos. Ellos no tuvieron la culpa del desastroso arbitraje de Gabriel Brazenas, aunque lo "disfrutaron", tal como lo reconocieron sus propios hinchas.

Sí tuvo Vélez la culpa de esconder la pelota. Fue un símbolo del campeonato. Huracán jugó a la pelota, y al fútbol, y lo hizo mejor que ninguno en el Clausura. Y en un momento cúlmine de la final, tras el gol, producto de una jugada viciada de nulidad por una falta al arquero que lo dejó vencido en el piso, desaparecieron las pelotas en el Amalfitani. Justamente el capital preciado de Huracán. El que cuidó con paciencia y estética al servicio de la eficiencia. Porque nadie podrá dudar de que este Huracán, con todas sus carencias, con un plantel que apenas "completa once", con un presupuesto varias veces menor al de Vélez y al de todos, apostó al talento colectivo y tuvo eficiencia. Tanto que fue el equipo más goleador del campeonato y el que más partidos ganó. Y que no fue campeón unicamente porque en el último partido, contra su escolta, hizo un gol y anularon mal la jugada, y le hicieron otro después de una acción que tampoco tenía validez. Con el arquero caído, sin poder reaccionar.

Quizá el destino quiso que fuera así. Fue el campeón que le gustó a la gente (o al resto de la gente, claro, exceptuando, naturalmente, a los hinchas de Vélez, que festejaron legitimamente), con el fútbol que le gusta a la gente. A veces, para sostener determinadas premisas hasta se debe renunciar con dolor a un resultado circunstancial. Que Huracán, el equipo que le gustó a la gente, el campeón que,- aunque no figure en las estadísticas-, le gustó a la gente, no haya finalmente coronado el título, es justo la fiel demostración de que no es verdad que lo único que interesa en fútbol es el resultado. Quizá es lo más importante. Pero no lo único. Así se cae el argumento de ellos, los que no reconocen al fútbol que le gusta a la gente. Si en la historia quedó Holanda, si en la historia quedará el "tiki-tiki", si este Huracán se transformó en el equipo del pueblo y hasta hinchas de San Lorenzo querían que saliera campeón por su juego, está claro que ganar no es lo unico. Y que la historia no es unicamente, no debe ser, la que escriben los victoriosos.

Pueblo

Cuidado. Los setentistas resisten. Y son peligrosos. Ofensivos. Quieren decirle siempre chau a los 90. Nunca más. Y apuestan al arte y a la estética. Y al buen gusto. Desarrollan actividades en favor de los derechos humanos. Y los defienden contra todo y contra todos. Y ayudan a los que menos tienen. Están junto a ellos. Tienen un fuerte compromiso social. Son revoltosos. Son atrevidos. Son locos. Y como los locos de Serrat, en Cada Loco con su Tema, prefieren la razón que la fuerza, el instinto que la urbanidad y y un sioux más que el Séptimo de Caballería. También prefieren más bailar a desfilar y disfrutar a medir, aunque, cuidado, también prefieren ganar a perder. De todos modos, el mayor encanto está en la lucha, aun si es desigual. Y siempre optarán por la revolución, antes que por las pesadillas.
Contra los poderes mediáticos y el poder del dinero, siguen creyendo que se puede.
Buena parte del pueblo sigue votando por ellos, aun contra el mensaje hegemónico y utilitario, que realmente está nervioso.
Eso sí, nunca defraudan. No hay fraude posible si se juega con libertad.
Algunos vaticinaban en la tapa de los diarios que no iban a durar. Y sin embargo llegaron más lejos de lo pensado.

Cuidado. Los setentistas resisten. Sí, claro...Huracán hace volver al Huracán del 73. ¿O pensaban que hablábamos de otra cosa...?

El Huracán de Cappa le da rienda suelta al juego, en libertad. No defrauda en su propuesta. Buena parte del pueblo futbolero, la mayoría, lo elige, aun contra el mensaje hegemónico, mediático y utilitario que estaba agazapado, esperando que no le de el piné, que no llegue. En este caso, no decían que iba a durar seis meses,-como aquella tapa patricia-, pero sí que con esa preparación física de darle unicamente a la pelotita no iban a durar ni cinco partidos.
El Huracán de Cappa resiste contra los poderes del dinero. De hecho es uno de los que encara el campeonato con menos presupuesto y ya dejó abajo a casi todos los poderosos.
Es un equipo que siempre opta por la revolución de tocar y jugar antes que por la pesadilla del miedo. Claro que sus futbolistas prefieren bailar a desfilar, y disfrutar a medir. Pero también ganar a perder. Sino, no estarían dónde están. Aunque Huracán demuestra, tanto como su principal contrincante, que jugando bien es más fácil ganar.
Es un equipo atrevido, instintivo, que apuesta, efectivamente, más a la razón que a la fuerza. Y que nunca se rinde. Siempre cree que se puede, aun contra los poderes mediáticos,-que están nerviosos-, y los poderes del dinero.
Este Huracán, setentista, no tiene al "loco" Houseman. Pero sí al "loco" Defederico. Y él, con Pastore, son los más atrevidos del barrio. Revoltosos. Joden con el arte y la estética. Son peligrosos. Pero con buen gusto.
Y sí, también los jugadores de Huracán desarrollan actividades por los derechos humanos. Impulsados por un técnico que se exilió por la dictadura, mientras ganaban y ganaban partidos sus futbolistas también se hicieron tiempo para visitar el Museo de la Memoria en la Esma, acompañar a los chicos del Garraham con juguetes, ayudar a los asentamientos carenciados de Parque Patricios. Siempre se hacen el tiempo y el lugar para el compromiso social. Por eso, y por el juego, y por hacer llorar de emoción a los que soñaban con la vuelta del 73, para decirle chau a los 90 (cuando el club casi desaparecía), ya son campeones de todo, aunque falte una final.
Afortunadamente para Huracán, en el domingo decisivo tendrá un rival de armas limpias, que no hace trampa ni tira la pelota afuera, ni llora fraudes, que sabrá ganar y sabrá perder, un Vélez que no mancha ni la pelota, ni la maltrata, ni embarra la cancha, con un conductor serio, medido y sin contradicciones, transparente, sin tatuajes, como "El Tigre" Gareca. Y que también tiene Maxi atrevidos y ojos de buen Cubero.

Sepa el pueblo dónde está el mejor juego. Y que gane el mejor.

26/29

Hace 31 años, un lunes 26 de junio, las calles de Mar del Plata, Buenos Aires y todo el país todavía desbordaban de júbilo. El maestro Osvaldo Bayer, en Fútbol Argentino, habló "de una bocanada de aire en medio de tanta muerte". Desde que horas antes Argentina había vencido a Holanda por 3 a 1 en la final del Mundial de fútbol, se había desatado una fiesta multitudinaria, una especie de desahogo, en verdad, en medio de tanta opresión. Sólo el fútbol nos permitía juntarnos, celebrar, darnos un momento de alegría. Pero, a poco de avanzada esa tarde del lunes 26 de junio de hace 31 años, volvían "...el señor cura a sus misas / y el avaro a las divisas/", como canta Serrat. Los héroes del fútbol nos habían permitido esa alegría. Pero se había terminado la fiesta. Los brillantes seguían desapareciendo, Astiz seguía haciendo "inteligencia", torturando y matando, Martínez de Hoz continuaba en su trabajo de empezar el desguace de la industria y el Estado que después "se perfeccionó" en los 90... Subían los militares a los colectivos, no sabíamos si todos continuaríamos el viaje, y ya no podíamos abrazarnos unos con otros, como en los festejos de los goles de Kempes. "Circulando/ circulando...", volvíamos a escuchar. Súbitamente recordábamos que estábamos en Estado de sitio. Que aquello había sido un "dulce"... No se podía manifestar ni protestar, ni podía haber reuniones de más de dos o tres personas... Y las urnas estaban bien guardadas. El Estado de sitio, como una pesadilla, volvió por unas horas varios años después, en las plazas del 20 de diciembre de 2001. Ese rato, y ese cúmulo de irresponsabilidades, se cobraron decenas de muertos...

"Cuando el fútbol tapó todo...", canta León Gieco sobre aquellos días del 78. Paradójicamente, ahora el fútbol nos sirve para avivar la memoria...

Alumbré al voto, con 18 años, en esa inolvidable primavera del 83. Pero había estado en la tribuna popular que da al Río de la Plata en aquella tarde plomiza del 25 de junio del 78. Silbé al dictador, me mezclé en el júbilo en las calles de Buenos Aires, me abrigué en mi bandera argentina en el helado vagón clase turista en el tren de la madrugada a Mar del Plata. Llegué a horario al colegio, a la Escuela Nacional de Comercio, esa mañana, pero no hubo clases. Por un rato, hubo permiso para el caos y el desorden... Al otro día, el martes 27, ya volvimos a formar como militares, tomando distancia con el brazo hacia adelante...

Este lunes, el 29, el del día después de lo que no debe olvidarse que es una fiesta cívica (que por aquellos días no nos permitían), seguramente no habrá celebraciones. Cada uno continuará con sus problemas, nos seguiremos cuidando de la gripe, algunos comerán ñoquis, empezaremos a hablar de Vélez - Huracán y de la revancha de Estudiantes... Pero será en un país normal (seguirá siendo emergente, inmerso en una crisis global), no habrá Estado de sitio, ni prohibición de reuniones, ni formaciones marciales en los colegios, los medios y sus periodistas -incluso los "republicanos puros"-, podrán decir lo que les plazca...

Esos recuerdos de aquellos días, que nos trae la pelota, nos llama a no banalizar el voto, ni dejar de respetarlo. A no permitir la irresponsabilidad apocalíptica de que nos hagan creer que todavía estamos en aquella primera "década infame". Quédense y quedémonos tranquilos si hacemos memoria y cuidamos cada uno nuestro voto como algo sagrado. Ya no vivimos en aquel país que algunos añoran. En este país, en el que la pelota no se mancha, el voto siempre será, deberá ser, algo positivo.

Sobre el trabajo y la pereza

Angel Cappa, el entrenador de Huracán, el equipo que actualmente juega mejor al fútbol en Argentina, y que ahora quedó primero y definirá el Clausura con Vélez, dice que con cualquier táctica o postura táctica se puede ganar. Y es rigurosamente cierto. También apela a la figura de los números telefónicos, heredada de su "maestro", César Luis Menotti, para referirse a los abusos con los cuales se apunta cómo se paran los equipos. Si con un 3-3-3-1, un 4-4-2 o un 5-4-1...

Dice bien Cappa, con cualquiera de esas fórmulas o números telefónicos se puede ganar, entre otras cosas porque esos números son personas y esas personas son futbolistas, de los cuales depende, antes que nada, jugar o no mejor que el rival o a lo sumo meter la pelotita en el arco de enfrente.

Sin embargo, Cappa no dice toda la verdad, o se guarda una parte, quizá para no pecar de excesivamente dogmático. Pero esa parte que falta, el resto, lo dice su equipo en la cancha. El podrá decir que con cualquier táctica se gana y que no hay que darle tanta importancia a esos números telefónicos, pero sus equipos, y este Huracán específicamente, siempre, siempre, rigurosamente, juega con línea de cuatro en defensa y con tres volantes, y a lo sumo, por las características de sus dirigidos, las fluctuaciones pueden pasar a dos o un enganche, dos o un delantero.

Pero no sólo él habla a través de los hechos y de sus equipos. También Ricardo Gareca, el técnico de la otra divisa que puede ser campeón, y Luis Zubeldía, el entrenador del Lanús que sacó más puntos que ninguno en la temporada. Y también los técnicos de los ocho equipos que llegaron a las instancias finales de la Liga de Campeones de Europa, hoy la meca del fútbol de clubes. Y los de España y Brasil, seleccionados candidatos a ganar la Copa de las Confederaciones en Sudáfrica, antesala del Mundial, y el de Italia, eliminado en esta Copa, pero actual campeón del mundo. Todos éstos deciden pararse con línea de cuatro. Después entrarán a jugar los matices. De si un equipo hace adelantar a los dos laterales peramanentemente, como Barcelona, o si avanzan con uno solo alternativamente (como ocurría con el Boca multicampeón de Carlos Bianchi) o si se adelanta un zaguero (como hacía Passarella en la Selección Argentina de Menotti).

Pero la conclusión es que la línea de cuatro es un punto de partida que ya ni se discute en el fútbol de hoy en el mundo. Solo aquí retrasan los relojes, como en otras cuestiones que tienen que ver con la política (cuando el mundo reivindica al Estado, aquí algunos lo demonizan, justamente los que menos estudian y trabajan...). Pero la mentira instalada mayor aquí no es precisamente que la línea de tres es efectiva o una alternativa válida o que es "moderna" (discutible por cierto, es a todas luces antinatural y el ancho de la cancha es siempre el mismo), lo peor es que se afirma que es "más difícil" y que requiere "más trabajo". Por ejemplo, se critica a la Selección no porque juega con línea de tres sino porque lo hace "sin tiempo para trabajarla". Una falacia, justamente de los que se jactan de que en el fútbol "hay que trabajar". La línea de tres es un signo de pereza intelectual. Y estamos en condiciones de contar, porque nos consta, lamentablemente, que los técnicos de inferiores, algunos en Mar del Plata y en otros puntos del país, hacen ahora jugar a los pibes con línea de tres "porque lo entienden más fácil: 'Vos jugá libre y ustedes dos marquen a los dos delanteros, y listo ...'".

Ahí empiezan algunos de los males que hoy padecemos en el fútbol argentino. La pereza intelectual, la falta de capacidad de docente, que viene ya de los técnicos de inferiores. Por eso: basta de mentiras y eufemismos, mostrémosles la verdad a los pibes, no embarremos la cancha. No es lo mismo jugar con línea de tres que con cuatro. Se puede ganar, eventualmente, con cualquier táctica (y una cuestión circunstancial, la falta de jugadores de determinadas características, puede "obligar" a poner línea de tres) pero, "casualmente", los que hoy ganan y lideran en el mundo lo hacen con línea de cuatro, marcación zonal "que se trabaja", laterales que se proyectan, dispositivos clásicos, y futbolistas del medio hacia adelante que crean, en un contexto de orden, para los delanteros.

Algo parecido, con mentiras instaladas como verdades, ocurre con la preparación física... Huracán, está visto, "no se cayó" a la quinta fecha, como decían algunos gurúes (también los hay en el fútbol) por no hacer pesas ni usar chalecos lastrados en la pretemporada o por entrenar sólo con pelota... Pero ése es otro tema.