Llegar al Kempes y encontrarse con Kempes

por Vito Amalfitano / Desde Córdoba


Llegar al al Kempes y encontrarse con Kempes.
Es muy lento el camino al estadio Mario Alberto Kempes, desde el Cabildo de Córdoba, desde dónde partieron los micros de prensa. Más de una hora de viaje, entre autos que van a paso de hombre. En un atardecer espectacular, se divisan las sierras al fondo y por detrás la caída del sol. A la vera del camino, miles y miles de banderas argentinas, y camisetas, y niños con las caras pintadas de celeste y blanco.
Nos acompañan no solo periodistas argentinos y de Costa Rica. También de Colombia, de Brasil, de Ecuador…Y de Inglaterra, que vienen a cubrir la Copa América para una cadena de Abu Dhabi.
En el trayecto todos los carteles dicen Mario Alberto Kempes. Todos los caminos conducen a dónde empezó todo. Al jugador y al momento que cambió la historia del fútbol argentino. Un muy merecido y oportuno homenaje en vida. En la propia entrada al estadio los carteles con su nombre son tan gigantes como sus zancadas en la final con Holanda. Y en la puerta misma del estadio, en el umbral del centro de prensa que lleva a la cancha, está él. Mario Alberto Kempes. Rodeado por decenas de periodistas de todo el mundo. La estrella reivindicada, el héroe olvidado que vuelve. Porque ellos también fueron héroes.
Es un pequeño Mundial. Y es en esta nueva Argentina. Marco imponente, organización impecable. Pocas cosas que envidiar de la Copa América de Venezuela. Más allá de algunos detalles que deberían haber corregido, por ejemplo los baños químicos, pocos y sucios, en el sector del centro de prensa.
A las 19.53 la Selección parte desde el hotel de la concentración hacia al estadio. El micro se lleva todo el afecto puesto. Apenas puede avanzar, rodeado por miles de personas y banderas. Parecen aquellas salidas desde José C. Paz a la cancha de River en la época de Kempes (aunque, afortunadamente, en otro plano, son otros tiempos, la alegría no explota desde las penumbras, no es una expresión de desahogo en medio del desencanto y la muerte).
Igual, todo parece desproporcionado. Aquello era por un Mundial. Esto es por un partido frente a…Costa Rica. Que el técnico de la Selección Argentina catalogó de…”¡Final!”. ¿Qué quedará para lo demás?!
También la cadena de afecto no se corresponde con lo que hasta aquí transmitió la Selección. Ni adentro, ni afuera de la cancha. El comentario de toda la mañana en Córdoba fue como también una multitud recibió a la Selección en la llegada a Córdoba, en las cercanías y en la entrada al hotel, en la tarde-noche del domingo, y como los jugadores y cuerpo técnico entraron por atrás, sin saludar a nadie, no solo sin un autógrafo ni una foto, ni siquiera con un saludo. Los jugadores, en el micro, como si abajo no hubiera nada. Haciendo que hablan por teléfono, o simplemente con la mirada hacia adelante. Ni Carlos Tevez, el jugador del pueblo, levanta la cabeza para saludar a esa que, se supone, es su gente.
Sin embargo, los cordobeses y todos los argentinos que se llegaron hasta aquí renuevan el afecto, las demostraciones de cariño y generan este espectáculo en la salida del equipo rumbo al estadio. Incluso las banderas no se corresponden con todo lo que se habló antes. Una de ellas, por ejemplo, dice “Messi, Córdoba te ama”.
Los jugadores también se encontrarán, al final del camino, con el origen de todo. Se chocarán con los carteles, con las letras gigantes. Se toparán con Mario Alberto Kempes. Ojalá se inspiren en él, en su potencia, en su talento, en su destreza, en su voluntad, en su enjundia, en su fe, en su humildad prepotente. Ojalá se miren en ese espejo para saber para quien juegan. “Ustedes juegan para la gente”, les dijo el Flaco Menotti, a Kempes y a todos sus compañeros, en la charla técnica previa a aquella final con Holanda. Esta es una “final” mucho más modesta, sin punto de comparación, salvo para la confusión del actual técnico. Pero no viene mal, aun así, que se den cuenta para quien juegan.

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