Escuelas

JOHANNESBURGO, Sudáfrica.- Fue feriado ayer en Sudáfrica. Se conmemoró aquí el Día Nacional de la Juventud, al recordarse la jornada trágica del 16 de junio de 1976, cuando la policía del gobierno del apartheid abrió fuego contra un grupo de escolares que manifestaban en desacuerdo porque les obligaban a aprender en las escuelas el idioma afrikaaners, el que hablaba una de las castas blancas de este país, y no el inglés que era común a todos. Al cabo de ese día aciago murieron 566 chicos. Entre ellos quedó como ícono, como símbolo, el pibe Héctor Pieterson, de 12 años, quien fue retratado por el reportero gráfico Sam Nzima, agonizante, en brazos de un compañero, Mbuyisa Makhubo, acompañado por la hermana de Héctor, Antoinette.
Se conoce a este episodio como El Levantamiento de Soweto, la tierra de nacimiento de Nelson Mandela, y donde quisimos estar justamente en esta jornada tan especial, para visitar el Museo del Apartheid.
Después de varios días aquí vamos comprobando algunas cosas, sacándole el velo a otras, tratando de entender a un país tan difícil y controvertido como maravilloso.
Aquí Mandela es ?Dios? y en el mundo entero es reconocido por su valor de estadísta, porque reconcilió a un país dividido por las diferencias raciales, con la estrategia del deporte, con el Mundial de rugby primero para los blancos, con el Mundial de fútbol ahora para los negros. Eso está en la superficie y es altamente valorado. Es más, a Mandela nadie lo discute. Los negros porque los llevó al poder (o mejor dicho, al gobierno, porque el poder es otra cosa y ya veremos porque?), los blancos porque los salvó de la venganza y una guerra civil en la corrían el peligro de ser la minoría expulsada del país.
Pero a poco de andar aquí, y de hablar con las gentes, está claro que la superficie es solo una parte de la historia. En el contenido hay bastante más. Después de muchas constataciones, comentarios, observaciones, se puede sacar una primera conclusión: Mandela hizo una revolución política, está pendiente la revolución económica que achique la brecha de desigualdad. ?Eso no va a pasar, -nos dicen-, acá el poder lo siguen teniendo los blancos, y un gran poder?.
Y no es necesario recurrir al ejemplo de las grandes empresas nacionales o multinacionales que manejan los blancos. Alcanza con transitar cada esquina, cada barrio, cada café, cada hotel. Los que trabajan, son los negros; los que mandan, son los blancos. El que está congelado como custodio de la entrada del barrio cerrado en el que vivimos por el Mundial, es negro. La mayoría de los que duermen,- dormimos-, calentitos en las casas de este barrio, son, -somos-, blancos. Esto es así aunque hoy, unos y otros, se pongan la misma camiseta de Sudáfrica. Algo impensado hace un tiempo, cuando el fútbol era considerado un deporte marginal, justamente porque era ?de los negros?.
Hasta un niño blanco, -nos apuntan-, inconcientemente manda al negro en la escuela. O tiene ascendencia sobre él. Es algo cultural, arraigado, que viene de arrastre. Y cierta sumisión no es únicamente culpa del que somete. Y ya también se mezcla una cuestión de clases, no solo de razas. En un país emergente persisten profundas desigualdades, incluso entre los negros ricos de Fourways (dónde fuímos a tomar algo en la noche del martes, al bar Cubana) y los negros pobres de Soweto.
Todo es complejo y se entremezcla. Y uno trata de asimilar, aprender y comprender lo que más puede. Al cabo, muchas de esas desigualdades, y hasta discriminaciones, persisten en nuestros países, en Latinoamérica, más allá de todo lo que se ha hecho en los últimos años para achicar la brecha y agrandar el margen de dignidad para los que más sufrieron.
Más allá de la mirada pesimista que dice que esa revolución económica no llegará, que ese traspaso en serio del poder no se producirá, o por lo menos la forma de compartirlo, hay un punto en el cuál se pueden tener esperanzas, aunque sea muy pequeño, ínfimo, aunque sea algo que tendría que ya estar por descontado. Hasta hace muy poco aquí los colegios, la educación, no se compartía. Hoy negros y blancos van a las mismas escuelas. Y quizá ellos, cuando crezcan, puedan construir un mejor país, juntos. El que soñó Mandela, aunque inconcluso, o porque no pudo, o porque no se animó porque su mandato de la historia era empezar por el ?un hombre/un voto?. Mientras tanto, esos mismos pibes hoy no van a la escuela. Y todo el mes. No hay clases por el Mundial, adelantaron las vacaciones de invierno, y se abrazan juntos por el fútbol. En blanco y negro, y en todas las lenguas.

0 comentarios:

Publicar un comentario